Eran las cuatro de la tarde y ya había regresado a casa, desayunó con Jonás –aunque se le debería llamar almuerzo-, aún sentía confusión por lo ocurrido. Afortunadamente no había pasado nada y estaba él, lástima que algunos días se iría y se quedaría sola de nuevo.
Esta vez si pensó en el como debería pensar una novia en su novio, lo que había pasado la noche anterior le fue de gran ayuda para darse cuenta de la clase de persona que ahora tenía su lado; estaba acostada en su cama pensando tantas cosas… Se sentía triste y contenta a la vez; cuando estaba casi dormida un olor familiar y espantosamente pestilente se coló en su habitación en lugar de esconderse del olor, siguió la pista para saber de dónde venía.
Abrió con cautela la puerta y de pronto se dio cuenta de que había visitas en la casa. Como un escurridizo ratón espió para saber quién era… Lo que vio le causó conmoción, era su mamá besando a un hombre que no era su padre. Los padres de Katrina se habían separado hace dos años, pero no concebía la idea de tener que tolerar esta actitud; de pronto recordó… la razón por la que se fue a dormir con Jonás era por eso. ¡Oh diablos! ¿Dónde se supone que estaba él cuando ella lo necesitaba?
El olor pestilente venía de ese señor, eso ella lo sabía. De repente dejó su ira atrás y cuando hubo bajado la intensidad de pasión entre su madre y ese señor tomó la determinación de bajar las escaleras; se sentía cada vez más gigante a medida de que pisaba cada escalón.
Al fin llegó y su primera reacción actuada fue la de quebrar un jarrón que tenía un ramo de rosas, ella hizo parecer que eso era un accidente.
Miró con furia interna a su madre que le preguntó: -¿Estás bien princesita?
¡Maldita sea! -pensó ella-.
Ella siempre hacía molestarla con esas frasecitas cursis que la ponían de mal genio. Pero esta vez actuaría de una manera inteligente para lograr su cometido. Su madre la invitó a sentarse al lado del mueble en que estaba ella y “ese”, ella disimuló su ira y se sentó. Detalló todo lo que pudo del visitante… era un espantoso ejemplar; era calvo, se veía que tenía como unos cincuenta años; tenía poco porte de una persona atlética, educada y conocedora de mundo. Eso hubiese sido nada delante de su padre, aún recordaba a su padre guapo, culto, atlético y con un alto sentido de criticidad.
Estrechó la mano del susodicho con disgusto, pues como es obvio debía saber el nombre de “ese” para poder sacar información; se las estaba jugando con astucia, aprovecharía que Jonás iba a estar dos días más junto a ella para que la ayudara. Se alegraba mucho de que él estuviese allí.